Ausente en Washington, presente en la claque
“La representación federal no se mide por el volumen de los aplausos en Puerto Rico, sino por los resultados que se consiguen en Washington”


Hace unos días, el Comisionado Residente popularizó el término “la claque”. Lo utilizó para denunciar lo que, según él, constituye un grupo de personas dedicado a aplaudir, validar y proteger al Gobierno de Puerto Rico. La palabra “claque” tiene un origen interesante. Históricamente, una claque era un grupo organizado que asistía a los teatros para aplaudir al actor principal y proyectar una imagen de respaldo y éxito. Hoy se utiliza para describir un círculo de personas que reafirma constantemente las posiciones de un líder y desalienta el disenso. Paradójicamente, el término no describe únicamente una conducta ajena. También invita a reflexionar sobre quienes prefieren rodearse de voces que confirman sus planteamientos y relegan a un segundo plano cualquier cuestionamiento.
Hay ocasiones en que una crítica termina convirtiéndose en un espejo. Cuando escuché aquella definición, por un momento pensé que el Comisionado Residente se estaba describiendo a sí mismo. Resulta difícil denunciar los círculos de aplausos cuando se proyecta un estilo político que parece desenvolverse con mayor comodidad entre quienes coinciden con cada planteamiento y donde, incluso dentro de su propio partido, las voces que representan matices o diferencias parecen ceder espacio ante un liderazgo que privilegia la confrontación permanente.
No obstante, esa no es la discusión que realmente debería ocuparnos. Los debates internos de cualquier partido político corresponden a sus militantes y a sus dirigentes. Lo que sí debe interesar a todos los puertorriqueños es si el cargo de Comisionado Residente está siendo ejercido con las prioridades que exige la responsabilidad que el pueblo confirió mediante el voto.
Durante décadas se ha dicho que el Comisionado Residente es la voz de Puerto Rico ante el Congreso de los Estados Unidos. Esa expresión no constituye una figura retórica. Resume la esencia de un cargo creado para representar los intereses de Puerto Rico en el foro donde se deciden asignaciones federales, legislación, política pública y asuntos que afectan directamente la vida de millones de ciudadanos americanos que residen en Puerto Rico.
Representar a Puerto Rico en Washington exige presencia permanente. Exige cultivar relaciones con congresistas de ambos partidos, mantener comunicación constante con las agencias federales, participar activamente en los procesos legislativos y abrir puertas para Puerto Rico todos los días. Esa misión requiere tiempo, dedicación y un compromiso absoluto con la gestión federal. La naturaleza misma del cargo exige que Washington sea la prioridad cotidiana y la política local una responsabilidad complementaria, no al revés.
Nadie cuestiona el derecho del Comisionado Residente a opinar sobre la política local. Todo funcionario electo tiene ese derecho. La pregunta legítima es otra, ¿en qué momento esa participación deja de ser incidental para convertirse en una de las principales facetas del cargo? Los electores no escogieron un comentarista político. Escogieron al funcionario cuya misión principal consiste en representar a Puerto Rico ante el Congreso de los Estados Unidos.
Es precisamente ahí donde surge un contraste que merece atención. Mientras el Comisionado Residente ocupa buena parte de la conversación política cotidiana, ha sido la gobernadora Jenniffer González Colón quien ha asumido personalmente la tarea de viajar de manera recurrente a Washington para reunirse con congresistas, secretarios del gabinete presidencial y altos funcionarios federales. A ese esfuerzo se han sumado la Asamblea Legislativa y la Administración de Asuntos Federales de Puerto Rico (PRFAA), ocupando un espacio que naturalmente debería contar con un liderazgo permanente desde la Comisaría Residente.
Los resultados de las gestiones realizadas en la capital federal por nuestra Gobernadora son concretos. Se han logrado importantes aprobaciones de fondos para proyectos de reconstrucción mediante FEMA. También se han obtenido nuevas asignaciones para infraestructura portuaria, mejoras al sistema de agua potable, proyectos de recuperación, iniciativas para fortalecer los servicios a los veteranos y avances importantes dirigidos a eliminar el fiduciario federal en el Departamento de Educación, entre otras gestiones que producen beneficios reales para Puerto Rico. No se trata de anuncios. Se trata de decisiones federales que hoy producen recursos, proyectos y oportunidades para la Isla.
La paradoja resulta evidente. Mientras el Gobierno de Puerto Rico ha tenido que fortalecer su propia presencia institucional en Washington para adelantar su agenda federal, el funcionario cuya responsabilidad principal consiste precisamente en representar a Puerto Rico ante el Gobierno federal parece dedicar una parte creciente de su capital político a invertir en el debate cotidiano de la Isla.
Nada de ello sustituye la función del Comisionado Residente. Al contrario, confirma la necesidad de una coordinación permanente entre el Gobierno de Puerto Rico y su representación congresional. Lo que sí resulta inevitable es preguntarse por qué ese liderazgo no se percibe con igual claridad desde la propia Comisaría Residente.
Las democracias necesitan debate, pero también necesitan prioridades. Una entrevista puede dominar el ciclo noticioso durante un día sin embargo, una gestión efectiva ante el Congreso puede transformar el futuro de Puerto Rico durante generaciones. La diferencia entre ambas cosas no es menor. Es la diferencia entre comentar la política y ejercer el liderazgo.
La discusión nunca debió tratarse de la claque, debió tratarse de la representación. Porque mientras algunos dedican buena parte de su tiempo a identificar quién aplaude y quién critica, otros han estado ocupando el espacio donde verdaderamente se defienden los intereses de Puerto Rico: Washington, D.C. Las democracias necesitan voces críticas. También necesitan funcionarios que entiendan cuál es su misión principal. Washington no espera. Al final del día, la representación federal no se mide por el volumen de los aplausos en Puerto Rico, sino por los resultados que se consiguen en Washington.

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