[EDITORIAL] A 25 años del 11 de septiembre: recordar es un deber
Un cuarto de siglo después de los ataques que estremecieron a Estados Unidos y al mundo, NewsPR honra a las víctimas
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Hay fechas que dividen la historia entre un antes y un después. El 11 de septiembre de 2001 es una de ellas.
Aquella mañana, el mundo contempló con horror cómo las Torres Gemelas ardían y se desplomaban en Nueva York, cómo el Pentágono era atacado y cómo un avión caía en un campo de Pensilvania después de que sus pasajeros y tripulantes decidieran enfrentarse a los terroristas. En cuestión de horas, una jornada ordinaria se convirtió en una de las páginas más dolorosas de la historia contemporánea.
Han transcurrido 25 años, pero las imágenes permanecen intactas: el cielo azul cubierto súbitamente por una columna de humo, las calles llenas de polvo, los rostros de quienes buscaban desesperadamente a sus familiares y el sonido de las sirenas avanzando hacia un peligro del cual miles trataban de escapar.
Los ataques causaron la muerte de 2,977 personas procedentes de 90 naciones: 2,753 en Nueva York, 184 en el Pentágono y 40 en el vuelo 93. Sin embargo, ninguna cifra puede explicar por completo la magnitud de aquella pérdida.
No fueron simplemente “casi 3,000 víctimas”. Fueron padres y madres, hijos, esposos, hermanos, compañeros de trabajo y amigos. Personas que abordaron un avión, llegaron a sus oficinas o comenzaron su jornada sin imaginar que sus nombres quedarían inscritos para siempre en la memoria de la humanidad. Cada uno representa una historia interrumpida, una silla vacía y una familia que tuvo que aprender a vivir con una ausencia imposible de sustituir.
El 11 de septiembre también dejó una de las demostraciones más extraordinarias de valor y vocación de servicio. Bomberos, policías, paramédicos, militares, trabajadores públicos y ciudadanos comunes corrieron hacia el peligro mientras otros buscaban cómo salir. Subieron escaleras cargando equipos, auxiliaron a desconocidos y permanecieron en sus puestos aun cuando comprendían que quizá no regresarían a sus hogares.
Su heroísmo no consistió en no sentir miedo, sino en cumplir con su deber a pesar de sentirlo.
El saldo de la tragedia tampoco terminó cuando se extinguieron los incendios. Miles de integrantes de las brigadas de rescate, recuperación y limpieza, así como residentes y trabajadores de las zonas afectadas, desarrollaron posteriormente enfermedades relacionadas con la exposición al polvo y a las sustancias tóxicas. El propio Memorial del 11-S reconoce que esas condiciones han provocado enfermedades crónicas y la muerte de miles de personas.
Recordarlos exige algo más que aplausos y ceremonias una vez al año. Estados Unidos tiene la obligación moral de garantizar que quienes sacrificaron su salud para ayudar a la nación reciban atención médica, apoyo y reconocimiento durante toda su vida.
Puerto Rico tampoco contempló aquella tragedia desde la distancia. Nuestros profundos vínculos familiares con Nueva York, nuestra ciudadanía americana y el servicio de generaciones de puertorriqueños en las Fuerzas Armadas hicieron que aquel dolor también fuera nuestro. En hogares, escuelas, iglesias y comunidades de la isla se lloró junto al resto de la nación.
Conmemorar el 11 de septiembre no significa permanecer atrapados en el horror. Significa comprender lo ocurrido, honrar a quienes perdimos y reconocer los valores que surgieron entre los escombros. Frente a la barbarie apareció la solidaridad. Frente al miedo apareció el valor. Frente al intento de dividir a una sociedad surgió una nación capaz de abrazarse y reconocerse como un solo pueblo.
Quizás esa sea una de las lecciones más necesarias 25 años después.
La unidad que siguió a los ataques no eliminó las diferencias políticas, religiosas o culturales. Simplemente permitió que, por un momento, los estadounidenses vieran primero al compatriota y después al adversario. En una época marcada nuevamente por la polarización, la intolerancia y la deshumanización de quien piensa distinto, conviene recordar que una nación no debe necesitar otra tragedia para redescubrir todo aquello que comparte.
Recordar también requiere honestidad. El terrorismo buscó provocar miedo y obligar a una sociedad libre a renunciar a sus principios. Por eso, la seguridad y la libertad nunca deben tratarse como valores incompatibles. La victoria frente al fanatismo no consiste únicamente en impedir otro ataque, sino en proteger el Estado de derecho, la dignidad humana y las libertades que distinguen a una democracia.
Una generación completa ha llegado a la adultez sin recuerdos propios de aquella mañana. Para millones de jóvenes, el 11 de septiembre es una lección escolar, un documental o una fotografía. Esa distancia convierte la educación en una responsabilidad fundamental. Si la memoria permanece solamente entre quienes presenciaron los ataques, inevitablemente comenzará a desaparecer con ellos.
Debemos enseñar lo sucedido sin distorsiones, sin teorías irresponsables y sin convertir el dolor humano en un simple espectáculo. Los jóvenes deben conocer los nombres de las víctimas, el valor de los rescatistas, la maldad del terrorismo y las consecuencias que aquel día tuvo para Estados Unidos y el mundo.
Desde NewsPR rendimos homenaje a quienes murieron, a quienes arriesgaron todo para salvar a otros y a quienes todavía viven con las heridas visibles e invisibles de aquel 11 de septiembre.
Veinticinco años después, las torres ya no dominan el horizonte de Manhattan, pero la memoria de quienes estaban dentro de ellas continúa elevándose sobre la nación. Recordamos porque olvidar sería abandonar a las víctimas. Recordamos porque la libertad requiere valor, responsabilidad y vigilancia.
Y recordamos porque el odio jamás puede tener la última palabra.


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