Ganar las urnas, perder la isla
Las victorias electorales del PNP contrastan con su retirada de los espacios culturales y educativos


“Quien tiene a los niños, tiene el futuro”, dijo el cardenal austríaco Christoph Schönborn al preguntársele sobre el hecho de que la mayoría de los estudiantes en Austria pertenecen al islam. En Puerto Rico ocurre algo similar porque la juventud pertenece firmemente al independentismo. ¿Por qué?
Es un fenómeno recurrente en todo Occidente: los partidos tradicionales y las instituciones creadas después de la Segunda Guerra Mundial han quedado desacreditados ante los ciudadanos. La globalización llevó a la pérdida de industrias a medida que se fueron los empleos al mundo subdesarrollado; se instituyó, mediante el uso del poder gubernamental y el control de las instituciones educativas y culturales, una ideología sofocante de corrección política y drásticos cambios demográficos que rechazaba las particularidades de cada nación individual en nombre de la “diversidad”; y, a medida que las élites se separaban de sus nexos nacionales, menos respondían los gobiernos a las preferencias de sus ciudadanos.
Esto es lo que el periodista Rod Dreher denominó “totalitarismo suave”. Como señalaron el investigador Christopher Rufo y el historiador Christopher Caldwell, desde la década de los sesenta la izquierda comenzó a controlar la cultura, luego controló la academia y finalmente usó el poder gubernamental para imponer sus valores revisionistas a la sociedad, sin importar la oposición.
Por eso, aunque a veces la derecha ganaba electoralmente, los conservadores quedaron condenados a servir de profetas bíblicos mientras el mundo sucumbía ante una victoria izquierdista seguida por otra. Muchos conservadores preguntan: ¿Qué ha conservado el conservadurismo?
En Puerto Rico se ve una modalidad del mismo patrón. La globalización en los años noventa creó las condiciones en las que, poco a poco, la isla perdería muchas de sus ventajas e industrias. Puerto Rico nunca se recuperó del todo de la recesión de los años 2000. La corrupción desprestigió a los partidos tradicionales. El gigantesco aparato gubernamental creado bajo los principios semisocialistas del PPD inevitablemente quebró. El colapso llevó a una emigración masiva, lo que alimentaba la crisis en un círculo vicioso.
El electorado busca infructuosamente preservar ese modelo muñocista en un mundo completamente distinto al de cuando se formó. A medida que ningún gobernador o político lograba restaurar el muñocismo (aunque, de cierto modo, eso prometían todos), las instituciones puertorriqueñas perdían legitimidad.
A la vez que todo eso ocurría, las escuelas de comunicaciones de la isla entrenaban a periodistas con inclinaciones independentistas. Si a ello sumamos el dominio casi absoluto de la academia y de los medios culturales, incluidas las figuras artísticas y famosas, especialmente en el verano de 2019, se puede ver el dominio cultural del separatismo antiamericano. No se trata de un dominio total, pero sí exhaustivo.
El PNP no ha hecho nada para combatir el ascenso independentista, cediendo a los independentistas el espacio en las ONG, la academia, las comunicaciones y la cultura popular. Aunque el PNP gana, no triunfa. El PNP ni siquiera es consciente de que libra una guerra cultural contra las ideologías de izquierda e independentistas. Si Puerto Rico sigue por este camino, algún día esa estructura débil de triunfos electorales sin victorias culturales colapsará y llegará el triunfo del Partido Independentista.
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