No es música: es alarma. Cuando el silbido habla más que la política
“Detenciones récord, muertes bajo custodia y el momento en que la cultura dijo lo que la política se negó a decir”


Llevo varios días modificando esta columna. Confieso que no quisiera tener que comentar sobre las gestiones del presidente de Estados Unidos, porque es drenante tener que analizar y opinar, prácticamente a diario. Sin embargo, en medio de esta realidad marcada por el insularismo, informar y presentar otro punto de vista es un deber mínimo.
Comencé recopilando datos del primer año de la administración, luego la muerte de Reneé Good, los disturbios en Minnesota y luego el asesinato de Alex Pretti. Desde entonces, cada mañana trae una noticia nueva y ninguna mejora el panorama. Por eso la comparto hoy, con la esperanza de un respiro momentáneo, aunque la realidad es que, bajo Donald Trump, la política migratoria no se ha estabilizado. Al contrario, se ha endurecido el lenguaje, se ha ampliado el uso de la fuerza y se ha normalizado el miedo.
Comienzo mi opinión, planteándole si se había enterado de que hoy, lo que aquí conocemos como un “pito” es un protocolo mínimo de supervivencia en varios estados. El silbato que circula en comunidades migrantes no es un símbolo pintoresco ni una consigna; es, literalmente, una herramienta de alerta. Funciona como aviso para no salir, para no abrir la puerta, para no caminar solo, para que una madre decida en silencio si lleva o no a su hijo a la escuela. Existe porque la gente siente, con mucha razón, que las reglas dejaron de ser previsibles, incluso cuando se trata de la entrada a hogares sin órdenes de allanamiento.
En muchos barrios, el silbato cumple una doble función. Por un lado, es vigilancia ciudadana, una forma pacífica de alertar sobre abusos. Por otro, para miles de familias inmigrantes, un sonido repentino en la oscuridad significa una sola cosa: “la migra viene”. Un solo soplido de metal puede provocar puertas cerradas, huidas apresuradas y niños escondidos. Se ha convertido así en el símbolo cotidiano de un miedo estructural, ese temor a que el Estado irrumpa sin aviso y sin límite. Me cuesta imaginar cuán duro debe ser vivir bajo ese escenario, aunque tengo claro que la empatía escasea en estos días, tener que dudar del sistema de derecho, simplemente duele.
Jamás pensé que tendría que colaborar para que, en un país que se autodenomina la tierra de la libertad, grupos comunitarios compraran silbatos para repartir y crear todo un sistema de comunicación y protección, pues ya no se trata de “tener los papeles”, sino del tono de piel, el acento o la libertad de expresión.
Al profundizar en todo esto, siento que lo más peligroso aquí es que, cuando un gobierno necesita un enemigo para movilizar, para cumplirle a sus seguidores, para justificar excesos y para convertir el miedo en disciplina social, el resultado nunca es orden, es erosión institucional.
Ciertamente, en materia migratoria, Trump lleva años entrenando ese libreto. Ha llamado “animales” a inmigrantes indocumentados, ha dicho que “envenenan la sangre” del país y ha descrito la migración como una “invasión”. Ese lenguaje no describe una realidad, sino quecrea permisos. Permisos para el abuso, para la arbitrariedad y para tratar a comunidades enteras como sospechosas por defecto. Luego nos preguntamos por qué los operativos escalan, por qué la fuerza se desborda o por qué una política administrativa termina produciendo odio y muertes.
Minnesota dejó de ser un debate teórico, no solo por el desenlace, sino por la reacción inmediata de minimizar, justificar, señalar a la víctima. En ese intento aparecieron discursos que conviene mirar de frente. Por ejemplo, durante años, diferentes sectores, han defendido la portación de armas como un derecho constitucional. De pronto, cuando el relato se complica, la mera posesión se presenta como prueba de peligrosidad. Esa lógica es contradictoria y conveniente para el sector MAGA. Convertir la posesión legal en justificación automática para la fuerza letal no es coherencia constitucional; es lealtad selectiva.
También, resulta importante comentar como la respuesta de la administración confirmó el problema. Trump habló con el gobernador Tim Walz y removió al jefe del operativo en Minnesota, Gregory Bovino, sustituyéndolo por Tom Homan. Sin embargo, el cambio no responde la pregunta central: ¿por qué una política migratoria está diseñada de tal forma que una tragedia era previsible?
Veamos los datos, “porque son los datos” y ayudan a salir de la propaganda. TRAC (Transactional Records Access Clearinghouse) reportó que, al 30 de noviembre de 2025, el 73.6 % de las personas detenidas por ICE no tenían condena criminal. De hecho, a mediados de enero de 2026, ICE mantenía alrededor de 70,000 personas bajo custodia, el nivel más alto registrado. Detener más y por más tiempo no ha producido mayor seguridad, sino que ha producido más poder discrecional del Estado sobre cuerpos concretos, en comunidades concretas.
Es oportuno aclarar una confusión que se usa para manipular y comparar con otras administraciones, la detención no es lo mismo que deportación. La deportación es un flujo anual; la detención es un volumen diario. Un gobierno puede deportar más por dinámicas fronterizas y procesos administrativos acelerados y, aun así, operar con prioridades y límites distintos a uno que amplía arrestos en la calle, normaliza redadas intimidatorias y convierte la migración en teatro de fuerza. Después de todo, el estilo importa, porque de él depende si el Estado refuerza el debido proceso o normaliza el miedo como herramienta de control.
Aprovecho el espacio para explicar que la mayoría de los asuntos migratorios no son delitos penales: son procesos administrativos. Estar en trámite de naturalización, tener un caso pendiente, esperar una vista o haber excedido una visa no convierte a nadie en criminal. No hay una sentencia penal; hay expedientes administrativos en un sistema saturado y atrasado.
Tampoco es cierto que la población inmigrante “vive del gobierno”. Millones pagan contribuciones sobre nómina, ventas y propiedad, aun sin acceso pleno a beneficios federales como planes médicos o ayudas. Cuando se criminaliza y se tilda a los inmigrantes de abusar del sistema, es medular recordar que el abuso de servicios públicos suele provenir de fraudes en solicitudes hechas por personas que sí tienen acceso y mienten para cobrar.
Eso no se atiende con redadas indiscriminadas. Se atiende con fiscalización, controles efectivos y Estado de Derecho.
A quienes en redes sociales aseguran que “en Estados Unidos no se vive miedo”, les recuerdo que, ese miedo no siempre se percibe desde la comodidad de un teclado, pero se documenta. Por ejemplo, el año 2025 fue el más letal para personas bajo custodia de ICE en más de dos décadas, con al menos treinta muertes reportadas por negligencia médica, condiciones de detención y fallas de supervisión. Le invito a buscar videos de los centros de detención, me recuerdan épocas pasadas que quisiéramos dejar en un cajón. De hecho, conozco el caso de un anciano de más de ochenta años en un centro de detención en Miami que llevaba días sin ser atendido y murió de un infarto. Imagínese: ochenta años. ¿Cuánta peligrosidad representa ese perfil? No se usted, pero en mi libro, eso no es una política migratoria administrativa, es persecución para cumplir con el libreto. En los primeros días de 2026 se sumaron nuevas muertes. No se discuten, se publican como datos en portales oficiales, evitando incluso la palabra “muerte” o “centro” por aquello de las estadísticas.
Estos, no son excesos aislados; son consecuencias de un sistema que expandió la detención sin reforzar garantías básicas. Cuando un Estado normaliza el encierro masivo, la muerte deja de ser anomalía y se convierte en riesgo estructural y ese riesgo no se queda contenido dentro de una frontera estatal, sino que se exporta como política, se replica como práctica y termina afectando incluso a quienes creen que están al margen del conflicto. Es irónico ver cómo muchos dan por sentada una protección que no es absoluta y olvidan que, en este 100 x 35, vivimos bajo una realidad constitucional distinta: menos poder propio, más dependencia y menos mecanismos de resguardo cuando Washington empuja. Si en estados con representación ya vemos choques abiertos por límites institucionales y uso de fuerza, imaginemos lo que significa el deterioro del federalismo para quienes cuentan con menos garantías.
Precisamente por esa fragilidad estructural, hago una pausa paramirar lo que ocurrió el domingo pasado. Sucedió algo que ningún político local ha logrado en años, Puerto Rico llegó al escenario global con voz propia, sin pedir permiso. En los premios Grammy, un artista puertorriqueño y el más escuchado del mundo, específicamente con 19.8 mil millones de reproducciones en el 2025 solo en la plataforma musical de Spotify, hizo historia. Fue galardonado con el premio a Álbum del Año, convirtiéndose en el primer álbum completamente en español en lograrlo y aprovechó ese escenario para decir algo simple y profundamente humano. Lo comparto textualmente para quienes seleccionan y trivializan los mensajes:
“Antes de darle gracias a Dios, tengo que decir: ¡Fuera ICE! No somos salvajes, no somos animales, no somos alienígenas; somos humanos y somos americanos. Sé que es difícil no sentir odio en estos días. A veces nos ‘contaminamos’. El odio se vuelve más poderoso con más odio. Lo único que es más poderoso que el odio es el amor. Así que, por favor, tenemos que ser diferentes. Si luchamos, tenemos que hacerlo con amor. Nosotros no los odiamos a ellos; amamos a nuestra gente, amamos a nuestra familia. Y esa es la manera de hacerlo, con amor. No lo olviden, por favor. Gracias.”
No tenía que hacerlo. No es su función. No es su obligación. Por eso merece atención. Mientras algunos intentan adjudicarle ideologías, etiquetar a quien lo escucha o reducir el mensaje a caricatura política, lo cierto es que habló de humanidad en un momento dominado por la fuerza.
Gracias, Benito Antonio Martínez Ocasio. Estoy lista y entusiasmada, para verte el domingo usar, una vez más, una plataforma musical para decir lo que muchos políticos deberían decir desde las suyas; lista para ver al mundo bailando salsa, con nuestra bandera ondeando, cantando en español. Pero, sobre todo, lista para retomar la discusión local el lunes. El cinismo, aunque se disfrace de “buenos días”, no es liderazgo ni, mucho menos, representa a quienes anhelamos otro estilo político, uno de prudencia, orden institucional y respeto.
En fin, para demasiada gente, un silbido no es moda ni metáfora: es alarma. Vivimos en una paradoja entre el glamour de los Grammy celebrando la cultura latina y las calles donde ese mismo país normaliza redadas, detenciones récord y muertes bajo custodia. Entre el aplauso global y el silencio político. Probablemente hoy ya se esté discutiendo una nueva noticia sobre las políticas de Trump. Aun así, cierro donde empecé: el silbido no es solo una alarma para comunidades migrantes. Es una señal de alerta para el Estado de Derecho, porque cuando el poder aprieta y la política calla, la gente tiene que inventarseñales para sobrevivir. Hay sonidos que duran un segundo y, aún así, cambian el pulso de un país.
Eso no es música: es alarma.


