Irán avanza, Venezuela resiste y Puerto Rico retrocede: mujeres y poder en un escenario de liderazgos fracturados
“Las protestas que sacuden a Irán no surgieron de la nada. Son el resultado de décadas de control, represión y promesas rotas“


No escribo esta columna desde la distancia analítica de un dato ni desde la frialdad de las cifras. Escribo desde la convicción de que las mujeres estamos redefiniendo lo que es la política cuando decidimos ocupar el espacio público como protagonistas conscientes de derechos, normas internacionales y dignidad humana.
Este texto no nace de una trinchera ideológica. No se trata de ser de izquierda o conservadora, ni de etiquetas identitarias ni de banderas importadas. Tampoco es una batalla contra los hombres. Se trata de algo más profundo: cómo las mujeres estamos entrando, por fin, al espacio donde se discute la estructura misma del poder y del gobierno.
Cuando observo lo que ocurre hoy en el escenario internacional, no lo hago solo como analista. Lo hago como mujer. Porque lo que está en juego no es un conflicto aislado, sino quién define las reglas, quién puede cuestionarlas y quién paga el costo de hacerlo. Desde ahí miro lo que ocurre en Irán.
Las protestas que sacuden a Irán no surgieron de la nada. Son el resultado de décadas de control, represión y promesas rotas. Desde la Revolución Islámica de 1979, el régimen entendió que controlar a las mujeres era una forma eficaz de controlar al país entero. El velo obligatorio nunca fue una medida religiosa aislada; fue una decisión política. Regular el cuerpo femenino se convirtió en un mecanismo de disciplina social y en una señal permanente de hasta dónde podía llegar el Estado. Por ejemplo,la historia reciente confirma ese patrón. En 2022, la muerte de Jina (Mahsa) Amini bajo custodia policial quebró algo más profundo: la resignación. Detenida por no llevar el velo “adecuadamente”, su muerte reveló con crudeza que el problema nunca fue la tela, sino el poder.
Desde entonces, el régimen ha respondido con mayor severidad. El parlamento aprobó leyes que equiparan la ausencia de velo con “desnudez”, imponen penas de prisión, castigos corporales y amplían los poderes de vigilancia del Estado. En 2024, el llamado Plan Noor intensificó patrullajes, confiscaciones y cierres de negocios para forzar el cumplimiento. Organismos internacionales han documentado detenciones arbitrarias, tortura, violencia sexual y prácticas que podrían constituir crímenes de lesa humanidad.
De ahí surge la consigna que articula la protesta: Mujer, Vida, Libertad. No es un gesto simbólico ni una frase importada. Es una declaración política directa. No existe libertad en un sistema que necesita controlar el cuerpo de las mujeres para sostenerse. Miles continúan saliendo sin velo, no como provocación, sino como desobediencia civil cotidiana. Caminar, estudiar y trabajar sin permiso del Estado se ha convertido en resistencia sostenida.
Por otro lado, en Venezuela, la lucha no se define por la recienteintervención externa, sino por la construcción de liderazgo interno de muchos años. María Corina Machado no surge como figura reciente ni como símbolo reactivo. Su trayectoria está marcada por exclusión institucional, inhabilitaciones y persecución política. Su insistencia en disputar el poder desde dentro, sin aceptar medias salidas, ha logrado articular una mayoría social que entiende que la democracia no se negocia por partes.
La consigna “hasta el final” no apela a un llamado vacío. Apela a la responsabilidad colectiva. Su activismo recuerda que la política no es patrimonio de aparatos ni de élites cerradas. Es el espacio donde las personas, y de manera creciente las mujeres, defienden la dignidad colectiva frente a sistemas que buscan perpetuarse mediante el desgaste y el miedo. No hay un 3 de enero del 2026 sin un 28 de julio del 2024.
Tanto Irán como Venezuela no están necesariamente al borde de una transición inmediata. Los regímenes autoritarios rara vez caen de forma lineal. Sin embargo, enfrentan algo aún más corrosivo para el poder: una crisis de legitimidad que no se resuelve con balas ni apagones digitales. Cuando las mujeres pierden el miedo, el régimen pierde su herramienta principal.
Esa erosión de legitimidad no es exclusiva de sistemas autoritarios. También aparece, de otras formas, en democracias formales donde el poder se fragmenta, los liderazgos se radicalizan y los consensos internos se rompen. Estados Unidos vive hoy ese escenario: polarización sostenida, disputas internas y un liderazgo político incapaz de ordenar o contener a sus propias bases.
En ese contexto, el desplazamiento del poder no ocurre en una sola dirección ideológica ni responde a un molde único. Figuras tan disímiles como Marjorie Taylor Greene, particularmente en un país atravesado por la influencia de Donald Trump y la normalización del conflicto permanente, evidencian cómo mujeres con agendas, estilos y visiones profundamente distintas están tensionando estructuras políticas tradicionales, rompiendo consensos internos y forzando debates sobre quién define las prioridades del poder. No se trata de coincidir con ellas, sino de reconocer un hecho político central: ya no operan como figuras decorativas dentro del sistema, sino como actoras que disputan espacios reales de decisión e influyen directamente en la agenda, incluso desde la confrontación.
El dato importante, no es la afinidad ideológica, es el cambio estructural. El centro de gravedad del poder se está moviendo y las mujeres desde múltiples trincheras, están en el centro de esa disputa.
Puerto Rico, en contraste, muestra una regresión más silenciosa, pero no menos peligrosa, una populista. Aquí, mientras el mundo debate la expansión o el colapso de derechos, se insiste en legislar desde el derecho penal para fabricar conflictos que no existen. Por ejemplo, en Puerto Rico no hay una crisis de aborto ni un vacío legal que justifique las enmiendas recientes. Lo que sí existe es una estrategia clara de utilizar la intimidad de las mujeres como campo de batalla simbólico para adelantar guerras culturales importadas y distraer de los problemas reales.
El problema no es simbólico, es estructural. Al redefinir conceptos como “asesinato” para incluir al concebido, se crean colisiones normativas que erosionan derechos sin necesidad de prohibiciones frontales. Esa es la forma más eficaz de debilitarlos: por acumulación, reinterpretación indirecta y desgaste institucional.
Insisto, la pregunta no es moral, es jurídica e institucional.¿Seguiremos legislando desde la emoción, la ideología y el cálculo político, o desde la coherencia constitucional y la responsabilidad pública?
Resulta particularmente preocupante, que esta regresión ocurra bajo un gobierno encabezado por una mujer. Esto reitera que la representación, por sí sola, no garantiza avances sustantivos. Tener mujeres en el poder no basta si no se defienden activamente los derechos, la autonomía y la dignidad de otras mujeres, por eso tenemos que participar activamente.
Este no es un debate sobre feminismo como consigna. Es un llamado a mujeres que conocen los sistemas, los marcos legales, los procesos democráticos y las consecuencias de romperlos. Mujeres que no entran a la discusión para adornarla, sino para reformularla. Mujeres que entienden que el populismo legislativo que busca congraciarse con sectores “morales” sigue fomentando divisiones artificiales para ocultar la mediocridad política y la ausencia de un proyecto serio de país.
En Irán, en Venezuela y en Puerto Rico, la disputa es la misma: quién controla el cuerpo, la vida y la libertad. Lo que cambia es la dirección que cada sociedad decide tomar. Algunas avanzan,otras resisten y otras, lamentablemente, retroceden.
Mujer, Vida, Libertad no es una frase cerrada. Funciona como advertencia y como compromiso. Nombrarlo con claridad es el primer paso. Ocupar el espacio público, fortalecer el discurso democrático y dejar de aceptar distracciones es el siguiente.
No se trata de mirar la política desde afuera. Se trata de asumir, con responsabilidad y sin miedo, que también nos corresponde hacerla.
Hasta el final.

