Creando puentes
“León XIV, James Talarico y la necesidad de rescatar el centro político”

Papa León XIV. Foto de archivo

“Construyan puentes, no murallas; el encuentro vale más que la polarización”.
Esa fue una de las ideas que más me resonó al escuchar el mensaje del Papa León XIV durante su vigilia con los jóvenes en Madrid. Una frase sencilla, pero profundamente necesaria en un momento donde casi todo parece empujarnos hacia el conflicto.
León XIV no es un actor político en el sentido tradicional, pero sus llamados al encuentro, la dignidad humana y la paz han trascendido el ámbito religioso. En medio de guerras, tensiones geopolíticas, debates migratorios y una creciente polarización, su mensaje ha entrado de lleno en la conversación pública.
Quizás porque uno de los mayores desafíos de nuestra época no es la existencia de desacuerdos. Las diferencias siempre han existido. El verdadero desafío es que estamos perdiendo la capacidad de convivir con ellas.
Por eso resulta tan interesante que una figura religiosa como León XIV y una figura política como James Talarico estén generando conversaciones similares.
Talarico, representante estatal demócrata en Texas y maestro de seminario, se ha convertido en una de las voces emergentes más observadas de la política estadounidense. Frente al ascenso del nacionalismo cristiano asociado al movimiento MAGA, ha decidido hablar de cristianismo desde otro lugar: la compasión, la empatía, el amor al prójimo, la dignidad humana y el servicio.
Mientras uno habla desde la fe y el otro desde la política, ambos parecen insistir en una misma pregunta: ¿cómo construimos comunidad en una época que premia la división?
Tal vez por eso sus mensajes han encontrado eco más allá de sus respectivas audiencias. En el fondo, no están hablando únicamente de religión o de política. Están hablando de algo que se ha vuelto cada vez más escaso: la capacidad de convivir con quienes piensan distinto.
Durante demasiado tiempo hemos confundido el centro con la ausencia de convicciones. Lo hemos caricaturizado como tibieza o indecisión. Sin embargo, el centro no es una cómoda equidistancia entre extremos. Es la capacidad de sostener principios sin dejar de reconocer la humanidad del otro. Es la voluntad de defender ideas sin convertir a quienes discrepan en enemigos. Quizás por eso el centro incomoda tanto en tiempos de polarización. Los extremos construyen identidad alrededor del conflicto. Los puentes requieren interlocutores.
La historia ofrece ejemplos poderosos de ese tipo de liderazgo. Abraham Lincoln enfrentó uno de los momentos más divisivos de la historia estadounidense. La abolición de la esclavitud y la incorporación de soldados afroamericanos al Ejército de la Unión no surgieron de un consenso nacional. Surgieron de la convicción de que el futuro debía ser más amplio que las divisiones del presente. Lincoln entendió que liderar también implica construir puentes capaces de sostener una comunidad política.
No estamos viviendo el siglo XIX, pero sí una dinámica inquietantemente familiar. Lo vemos en Estados Unidos. Comenzamos a verlo también en Puerto Rico, donde incluso dentro de los propios partidos políticos surgen conflictos que dificultan la capacidad de gobernar. Las tensiones recientes entre sectores del Ejecutivo y la Legislatura son un recordatorio de que compartir objetivos generales no garantiza la capacidad de construir acuerdos y cuando los acuerdos desaparecen, la gobernanza se resiente.
Los presupuestos requieren acuerdos. Las reformas requieren acuerdos. El desarrollo económico requiere acuerdos. Los sistemas de infraestructura crítica, como el agua potable, requieren acuerdos. Ningún gobierno puede funcionar de manera efectiva si cada diferencia termina convirtiéndose en un conflicto permanente. Las democracias no fracasan porque existan diferencias. Fracasan cuando desaparecen las personas capaces de traducir esas diferencias en acuerdos.
Aunque separados por siglos, contextos y responsabilidades distintas, Abraham Lincoln, León XIV y James Talarico comparten una intuición similar: las sociedades se fortalecen cuando amplían sus círculos de pertenencia y se debilitan cuando convierten las diferencias en fronteras infranqueables.
En una época donde abundan quienes construyen identidad alrededor del conflicto, ellos han optado por algo más difícil: construir comunidad alrededor de valores compartidos. En lugar de hablar de enemigos, han decidido hablar de prójimos.
Construir puentes no significa renunciar a las convicciones. Significa reconocer que, al final, ninguna democracia puede sostenerse sin personas dispuestas a cruzarlos.

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