EDITORIAL: La prensa de izquierda y el arte de fabricar noticias
La diferencia entre investigar e insinuar es la misma que separa al periodismo serio de la propaganda


El periodismo serio no consiste en tomar una noticia, amplificarla sin contexto y convertir una insinuación en verdad. El periodismo serio exige rigor, prudencia, verificación y una clara separación entre lo que está probado, lo que está bajo investigación, lo que se alega y lo que simplemente se sugiere. Esa línea, lamentablemente, volvió a quedar borrosa con la reacción de ciertos sectores de la prensa ante el reportaje del medio de comunicación ProPublica sobre un alegado esquema de drogas a cambio de votos en instituciones correccionales de Puerto Rico.
Desde el momento en que apareció la publicación, parte de la prensa de izquierda en Puerto Rico actuó no como fiscalizadora, sino como una repetidora. No esperó evidencia. No esperó una acusación formal contra la gobernadora Jenniffer González Colón. No esperó una imputación directa contra su campaña. Bastó con que un medio estadounidense publicara una pieza cargada de señalamientos, fuentes anónimas e insinuaciones para que algunos dieran por cierto lo que todavía no ha sido probado ni se ha presentado evidencia.
Ese es el problema. No se trata de defender a ningún funcionario del escrutinio público. Todo gobernante debe responder preguntas difíciles. Toda campaña política debe ser examinada. Toda alegación seria debe investigarse. Pero una cosa es fiscalizar y otra muy distinta es celebrar políticamente una acusación mal infundada, convertir una sospecha en hecho consumado y usar el prestigio de un medio como sustituto de evidencia.
El rigor periodístico no puede depender de si el señalado pertenece o no al sector ideológico que simpatiza con determinada redacción. Si el reportaje hubiese apuntado contra una figura de la izquierda, muchos de los que hoy lo repiten como verdad absoluta probablemente estarían hablando de persecución, montaje, fuentes interesadas y falta de debido proceso. Pero como la noticia salpica a una líder estadista, entonces se abandona la cautela y se abraza la insinuación.
El odio político de ciertos sectores de la prensa de izquierda hacia los estadistas y hacia las figuras que lo representan es tan evidente que ya ni siquiera intentan disimularlo. Ante cualquier publicación que pueda dañar a una figura estadista, la reacción no es verificar, contextualizar o contrastar. La reacción es amplificar, editorializar y condenar. Ese impulso revela más sobre quienes lo hacen que sobre los hechos que dicen cubrir.
ProPublica tiene derecho a publicar sus hallazgos. Y cualquier alegación relacionada con narcotráfico, cárceles o procesos electorales debe ser examinada con seriedad. Pero también es cierto que una publicación periodística no equivale a una acusación criminal. Una fuente anónima no equivale a una sentencia. Una línea investigativa no equivale a una prueba. Y una sospecha, por grave que sea, no puede convertirse en titular condenatorio sin violentar los principios básicos del oficio.
El periodismo responsable debe informar al público que, hasta este momento, no existe una acusación formal contra Jenniffer González Colón por compra de votos. Debe explicar que el reportaje plantea alegaciones y describe una investigación, pero no presenta una determinación judicial que establezca culpabilidad. Debe decir con claridad qué se sabe, qué no se sabe y qué falta por probar. Todo lo demás es ruido político.
Puerto Rico necesita una prensa fuerte, pero también una prensa justa. Necesita medios que investiguen al poder, pero que no seleccionen sus estándares según la ideología del señalado. Necesita periodistas que sepan distinguir entre una denuncia seria y una oportunidad para alimentar prejuicios políticos. Necesita menos entusiasmo por destruir reputaciones y más compromiso con la verdad verificable.
Porque el daño que causa una insinuación irresponsablemente amplificada no se borra con una aclaración futura. Cuando un medio convierte una alegación no probada en verdad, está afectando no solo a la persona señalada, sino también la confianza ciudadana en el periodismo. Y cuando esa práctica se repite selectivamente contra un sector político, el problema deja de ser un error editorial y se convierte en una conducta sistemática.
El rigor periodístico no se demuestra cuando se publica lo que conviene. Se demuestra cuando se mantiene la misma vara para todos. Cuando se exige evidencia incluso contra quienes no nos simpatizan. Cuando se resiste la tentación de convertir una publicación en arma política. Cuando se informa sin sustituir la verdad por el deseo.
Lo ocurrido con este reportaje debe servir de advertencia. No todo lo que aparece en un medio nacional debe ser repetido como papagayo. No toda investigación inconclusa debe ser convertida en condena. No toda insinuación merece ser tratada como prueba. Y no todo ataque contra una figura estadista debe ser celebrado como si fuera justicia.
El periodismo que se respeta no dispara primero para verificar después. El periodismo que se respeta pregunta, contrasta, contextualiza y mide el peso de cada palabra. Lo demás no es rigor. Es propaganda con apariencia de noticia.


