La indignación selectiva
“Trump no simplemente critica, denigra, menosprecia y difama. Convierte el ataque personal en estrategia política y lo hace porque puede“

Donald Trump. Foto de archivo

Por demasiado tiempo hemos sido testigos de cómo Donald Trump degrada el discurso público sin consecuencias reales. Sus recientes comentarios sobre el Papa León XIV -acompañados de un insensible meme que lo presentaba como Jesucristo- han provocado indignación, aún de sus seguidores. Pero quiero ser clara: esa indignación llega tarde… y es selectiva.
Trump lleva años cruzando líneas con comentarios y acciones que antes eran impensables. Lo hizo con el presidente Barack Obama y su esposa, así como con Joe Biden, alimentando ataques personalistas. Se burló del senador John McCain, un héroe y prisionero de guerra. A diario degrada a periodistas -particularmente mujeres- insulta a jueces y a funcionarios públicos, y utiliza lenguaje incendiario contra países enteros. La lista no es nueva. Es larga y consistente.
Trump no simplemente critica, denigra, menosprecia y difama. Convierte el ataque personal en estrategia política y lo hace porque puede. Puede porque durante los pasados años, demasiada gente, en específico en su propio partido, han miradohacia otro lado, lo han justificado, lo han minimizado o, peor aún, lo han celebrado.
Ahora se escandalizan. Ahora algunos dicen “esto es demasiado”. Pero ¿dónde estaban cuando atacaba a familias, cuando ridiculizaba a veteranos, cuando degradaba a periodistas, cuando rompía, una y otra vez, los límites del respeto? La verdad incómoda es esta: quien tolera el abuso cuando le conviene, pierde autoridad moral para condenarlo cuando deja de convenirle.
¿Será que perdimos de vista el estándar que estamos dispuestos a aceptar? Si se toleran y hasta celebran los insultos y faltas de respeto de un presidente (o de cualquiera en una posición de poder), no se puede castigar a los hijos cuando insultan o faltan el respeto a sus maestros o padres. Porque cuando normalizamos el insulto desde el poder, ese lenguaje baja en cascada hacia toda la sociedad. Se instala en nuestras conversaciones, en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo y en lo cotidiano.
El lenguaje importa. Las palabras importan.
No son “solo palabras” cuando vienen de un líder mundial en medio de un conflicto bélico, porque moldean comportamientos, legitiman actitudes y definen límites. Y es que la democracia no se erosiona de golpe. Se desgasta poco a poco, cada vez que aceptamos lo inaceptable.
Como nación y como sociedad tenemos que exigir más. No basta con reaccionar cuando la línea se cruza de manera más visible o nos toca personalmente. Hay que trazarla y defenderla siempre. Sin excusas. Sin cálculos políticos. Sin doble vara.
Esto no es sobre partidos. Es sobre decencia. Sobre carácter. Sobre el tipo de liderazgo que vamos a permitir. Ahora muchas personas y algunos republicanos levantaron sus voces. ¡Qué bueno! ¿Pero dónde han estado? La indignación selectiva no es valentía. Es conveniencia. Y la conveniencia, en política, es complicidad.
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