Lo que no se recogió también habla
“Las investigaciones criminales no solo dependen de la evidencia que se presenta, sino también de la evidencia que nunca se recolecta“


En los tribunales se debate lo que está presente. Pero en la ciencia forense, a veces, lo más importante es lo que falta.
El caso de Gabriela Nicole ha captado la atención pública por sus testimonios y la evidencia discutida en sala. Sin embargo, desde una perspectiva estrictamente forense, hay una pregunta incómoda que merece atención: ¿qué evidencia nunca se levantó?
No se trata de especulación. Se trata de un método.
En criminalística existe un principio básico ampliamente aceptado: el Principio de intercambio de Locard. Todo contacto deja un rastro. Cuando dos o más personas interactúan físicamente, especialmente en un evento violento, ocurre una transferencia. No solo de sangre o ADN, sino de elementos más discretos como fibras, partículas y residuos del entorno.
Según declaraciones que han trascendido públicamente, el evento habría involucrado a más de 15 personas en una confrontación en la vía pública, incluyendo momentos en los que la víctima terminó en el suelo. En ese mismo contexto, se ha indicado que tres personas identificadas como Miriathny, Karelyn y Anthonieska habrían estado encima de la víctima durante parte del incidente.
Si esas circunstancias reflejan lo ocurrido, desde el punto de vista forense se trataría de un escenario de alta transferencia. No de contacto aislado, sino de múltiples interacciones simultáneas entre personas y con el entorno.
En ese contexto, las fibras han sido descritas como un “testigo silencioso”. No hablan ni señalan, pero registran contacto. Se transfieren entre ropa, entre cuerpos y entre la víctima y el entorno. No identifican por sí solas a una persona, pero pueden corroborar contacto, reforzar secuencias de eventos o incluso contradecir narrativas.
En este caso, se ha señalado que la evidencia forense conocida incluye material genético bajo las uñas de la víctima. Ese hallazgo, por sí solo, sugiere contacto físico. Sin embargo, en un evento de múltiples participantes, en la calle y con la víctima en el suelo, surge una interrogante legítima: ¿dónde está el resto de esa transferencia?
La micro evidencia es, por naturaleza, frágil. Se pierde con facilidad, se contamina rápidamente y depende de un manejo cuidadoso desde el primer momento. Si la escena y la vestimenta no son procesadas bajo protocolos estrictos, esa evidencia desaparece. Y cuando desaparece, no hay forma de reconstruirla después.
No existe segunda oportunidad.
La ausencia de ciertos tipos de evidencia no determina culpabilidad ni inocencia. Pero sí limita. Limita la capacidad de reconstruir el evento con precisión y el análisis científico que puede hacerse en sala.
Las investigaciones criminales no solo dependen de la evidencia que se presenta, sino también de la evidencia que nunca se recolecta. La calidad de una investigación se define en los primeros momentos, en cómo se preserva la escena y qué se decide documentar.
Tal vez la discusión pública ha estado centrada en quién dijo qué. Pero desde la ciencia, la pregunta es otra:
Si hubo múltiples contactos, ¿dónde están todos los rastros de ese contacto? Y si no están, ¿por qué?
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