La violencia que quiere suplantar la democracia
“Desde Puerto Rico, esta realidad no debe observarse con distancia, sino con profunda reflexión”

Fotografía cedida donde aparece Cole Allen, el hombre acusado de intentar asesinar al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Tribunal del Distrito de Columbia

En tiempos recientes, el mundo ha sido testigo de un preocupante resurgir de la violencia política. Desde eventos recientes como el atentado del pistolero solitario en la cena de corresponsales de la Casa Blanca, en la que se encontraba el presidente Trump, el ataque contra la presidenta de la Cámara de Representantes de Minnesota, Melissa Hortman, y su esposo, Mark, quienes fueron asesinados a tiros en su domicilio en las afueras de Minneapolis el 14 de junio de 2025, sin dejar de lado el sonado asesinato de Charlie Kirk, estamos ante casos de violencia sistémica en todos los Estados Unidos.
No son casos aislados, sino un motor de odio que se ha levantado como parte de la disensión irrespetuosa. Lo que antes se debatía en plazas públicas, universidades o foros democráticos, hoy, en demasiados casos, intenta resolverse con intimidación, ataques y, en el peor de los escenarios, con sangre. No podemos ocultar el nombre y la naturaleza de este terrorismo contra las ideas. Este fenómeno no distingue ideologías ni geografías. Es una amenaza transversal que, si no se enfrenta con claridad moral, puede erosionar los cimientos mismos de nuestras sociedades.
Desde Puerto Rico, esta realidad no debe observarse con distancia, sino con profunda reflexión. Nuestra historia, nuestra cultura y nuestro sentido de comunidad nos obligan a levantar la voz en defensa de algo más grande que cualquier postura política: el respeto. Si hablamos de respeto, debemos vivirlo.
Aquí, en esta isla, fuimos formados por nuestros padres en el hogar, en la escuela por nuestros maestros y en la iglesia con principios que hoy parecen estar en riesgo. Se nos enseñó a escuchar, a callar ante los mayores, a guardar la palabra como algo valioso, a disentir sin destruir, a reconocer la dignidad del otro aun en medio del desacuerdo y a entender que cualquier diferencia podía resolverse, como decían los abuelos, “lavando los pañitos sucios en casa”. Esos valores no eran debilidad; eran fortaleza. Eran la base de una convivencia sana, donde las diferencias enriquecían y no separaban, si se aprendían a manejar desde un sentido de compañerismo, humanidad y responsabilidad común.
Hoy, sin embargo, vemos cómo el lenguaje se degrada, cómo el adversario se convierte en enemigo y cómo el espacio del diálogo es reemplazado por la imposición. Cuando eso ocurre, el terreno queda fértil para la violencia. Y la violencia, una vez se normaliza, no reconoce límites.
Debemos decirlo con claridad: ninguna idea, por noble que se considere, justifica el uso de la violencia. Ningún puesto o persona justifica que se ejerza violencia, no importa de qué partido, título o don de gentes se trate. Ninguna causa se fortalece cuando recurre al miedo, a la intimidación o al silencio forzado del otro. Al contrario, en ese momento deja de ser una causa para convertirse en imposición.
Hay batallas que no se libran en campos de guerra, pero que pueden resultar igual o más destructivas. Son aquellas que se gestan en la mente y en el corazón de una sociedad que comienza a aceptar la violencia como herramienta legítima. Cuando el extremismo se apodera del pensamiento, cuando se deshumaniza al que piensa distinto, se abre la puerta a un ciclo peligroso que trasciende generaciones.
Por eso, este no es solo un tema político. Es un asunto de comunidad, de hogar y de valores personales. La forma en que hablamos en nuestras casas, la manera en que enseñamos a nuestros hijos a manejar el desacuerdo, el respeto que mostramos en nuestras conversaciones cotidianas: todo eso moldea el tipo de sociedad que construimos.
Puerto Rico tiene una oportunidad, y una responsabilidad, de ser ejemplo. En medio de un mundo polarizado, podemos decidir no ceder ante la tentación del odio. Podemos demostrar que es posible sostener convicciones firmes sin perder la humanidad. Podemos volver a poner en el centro aquello que nos ha definido como pueblo: el respeto, la empatía, la decencia y la dignidad.
El desacuerdo no es el problema. El problema es cómo lo manejamos. Y si permitimos que la violencia se convierta en respuesta, habremos perdido mucho más que un argumento.
Hoy más que nunca, es momento de regresar a nuestras raíces. De reafirmar que las ideas se defienden con argumentos, no con agresiones. Que la democracia se fortalece con participación, no con miedo. Y que el verdadero liderazgo no se impone por la fuerza, sino que se gana con carácter, con respeto y con integridad.
Porque cuando la violencia suplanta la democracia, no gana nadie. Perdemos todos.


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