El gobierno visto por quienes heredarán nuestro Puerto Rico
La forma en que discutimos el gobierno hoy influye en quienes mañana tendrán que sostenerlo, reformarlo o padecerlo


Para el ciclo electoral de 2024 se estimaba que alrededor de 150,000 jóvenes alcanzaban la edad para votar por primera vez, aunque solo una parte de ellos llegó a inscribirse antes del cierre del registro electoral. Al mismo tiempo, análisis posteriores a las elecciones de 2020 estimaban que más de 300,000 jóvenes entre 18 y 25 años no acudieron a votar. Estas cifras suelen interpretarse como una señal de apatía generacional, aunque también obligan a mirar con más atención cómo las nuevas generaciones están percibiendo el sistema político.
La discusión no se limita o no se debe limitar a cuántos jóvenes votan o dejan de votar. Lo que realmente está en juego es cómo se forma la percepción del gobierno en las generaciones que eventualmente heredarán el país. Cada evento electoral incorpora al electorado decenas de miles de nuevos ciudadanos. En términos demográficos, Puerto Rico suele sumar entre 150,000 y 200,000 nuevos votantes potenciales cada cuatro años, jóvenes que alcanzan la mayoría de edad y comienzan a participar en la vida política del país. Lo cierto es que, nadie empieza a pensar sobre el gobierno el día que cumple 18 años. La percepción del gobierno comienza –o debe comenzar- aconstruirse mucho antes, a través de lo que los jóvenes observan en su entorno, en sus hogares, en las escuelas, en los medios de comunicación y, cada vez más, en las redes sociales.
Basta con mirar el ambiente político que esas generaciones están viendo hoy. El debate público contemporáneo ocurre en un contexto marcado por la confrontación constante, la simplificación extrema de los temas y una tendencia creciente a convertir la política en espectáculo. Con frecuencia, las discusiones públicas terminan transformándose en consignas, etiquetas ideológicas o intercambios diseñados más para producir titulares que para explicar cómo funcionan realmente las instituciones del gobierno. En demasiados momentos, tan reciente como el pasado fin de semana, la política termina pareciéndose más a un espectáculo que a una conversación seria sobre el país.
Ese ambiente no solo empobrece la calidad del debate público. También influye en la manera en que las nuevas generaciones comienzan a entender el papel del gobierno en la sociedad. Cuando la política se presenta principalmente como conflicto, insulto o teatro mediático, resulta difícil desarrollar una visión seria de las instituciones públicas. Sin embargo, la política pública que realmente afecta la vida cotidiana de las personas ocurre en un plano muy distinto. Tiene que ver con cómo se organizan los sistemas de educación, salud, seguridad pública y desarrollo económico. También tiene que ver con cómo se asignan los recursos del presupuesto público, cómo se diseñan las agencias gubernamentales y con qué capacidad administrativa cuentan para ejecutar sus responsabilidades. En otras palabras, tiene que ver con la arquitectura institucional que permite que un país funcione.
El problema es que gran parte de esa arquitectura institucional rara vez se explica con claridad en el debate público. Conceptos fundamentales como cómo se aprueba una ley, cómo se construye un presupuesto público, qué funciones cumplen las agencias gubernamentales o cómo se dividen los poderes del gobierno suelen quedar fuera de la conversación cotidiana. Muchas personas participan activamente en el debate político, votan, opinan y consumen noticias sin haber recibido nunca una explicación clara sobre cómo funciona el sistema que organiza la vida pública. Esta brecha no necesariamente es producto de desinterés individual. Con frecuencia refleja una ausencia más amplia de educación cívica e institucional en nuestra conversación pública.
Durante años he observado esta dinámica desde distintos espacios del servicio público. Repasando mis escritos, en 2008 escribí que pensar en la realidad de la isla a veces se parece a escuchar un Réquiem de Mozart: una melodía intensa que, justo cuando alcanza su punto más alto, obliga a reconocer la profundidad del momento que describe. En aquel momento hablaba de una especie de Macondo caribeño condenado a largos ciclos de soledad política. Hoy, después de más de quince años vinculada al servicio público en distintos escenarios, esa reflexión vuelve a resonar de otra manera. La experiencia permite entender mejor muchas de las dinámicas de nuestra idiosincrasia política, confirmar cómo el estatus quo ha contribuido a mantenernos estancados y reconocer algo que pocas veces se discute con suficiente franqueza: la distancia entre la discusión política cotidiana y la realidad administrativa del país.
Escuchar a la clase política discutir la realidad del gobierno, muchas veces sin reconocer los límites institucionales que realmente existen, resulta en ocasiones más doloroso que bochornoso. La política pública se convierte en espectáculo, las discusiones se trasladan a redes sociales o a programas de análisis político que rara vez profundizan en la estructura del problema, y la competencia parece reducirse a quién logra imponerse en la próxima controversia mediática. De hecho, hace tiempo, el escritor peruano y premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa alertó sobre la frivolidad de la política dentro de una “civilización del espectáculo”. Viéndolo desde Puerto Rico, a veces da la impresión de que esa advertencia se quedó cortapues hoy abundan los políticos del “like”, la famosa “tiraera” y el titular fácil, una dinámica que refleja una degradación preocupante del debate institucional.
Precisamente por eso el tema generacional no puede tratarse como una nota al calce. Imaginar un Puerto Rico a largo plazo,exige comenzar a diseñarlo pensando en quienes lo heredarán. Los jóvenes que hoy están en escuela superior o comenzando sus estudios universitarios serán los electores de las próximas décadas. Muchos votarán por primera vez en las elecciones de 2028 o 2032. A ellos les debemos algo más que discursos de campaña, les debemos honestidad institucional y, sobre todo, la disposición de reconstruir la forma en que entendemos el gobierno.
Por otro lado, quienes hoy tienen la responsabilidad de gobernar también deberían mirar ese horizonte generacional con más seriedad, nuestros niños heredarán muchas de las decisiones que se están tomando hoy. No es un detalle menor en un país que, durante las últimas dos décadas, ha visto emigrar a cientos de miles de personas, particularmente jóvenes en edad productiva y electoral. Entre 2006 y 2022, más de 700,000 personas salieron de Puerto Rico, una migración que ha transformado la demografía del país y que refleja las consecuencias de años de estancamiento económico e institucional. Solo pienso en que ojalá no tengan que cargar con el mismo estancamiento que ha marcado a las generaciones recientes. Una realidad que ha empujado a miles de jóvenes a migrar, a posponer proyectos de vida o a cuestionar si pueden construir su futuro en la isla.
Pensar el país a largo plazo requiere planificación y planificar el futuro de una sociedad no se limita a discutir proyectos económicos, infraestructura o reformas institucionales. También implica preguntarnos qué tipo de aparato público queremos construir y qué tipo de relación queremos que las nuevas generaciones desarrollen con el gobierno que eventualmente heredarán.
Al final del día, más allá de partidos, procesos electorales o disputas momentáneas, la conversación tiene que ser mucho más pragmática de lo que a veces parece. La forma en que discutimos el gobierno hoy no es un asunto menor; influye directamente en quienes mañana tendrán que sostenerlo, reformarlo o padecerlo. Por eso un país necesita instituciones que funcionen, reglas claras, capacidad administrativa y liderazgo público que entienda la responsabilidad que implica gobernar. En otras palabras, necesita algo que debería ser obvio, pero que con demasiada frecuencia parece olvidarse en medio del caos mediático: un gobierno que sirva. Ese, al final, es el verdadero reto.

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