Un momento cultural, una pregunta política
“Visibilidad sin dirección en una isla que vuelve a mirarse cuando el mundo lo observa”


Durante trece minutos, Puerto Rico volvió a ocupar un lugar central en la conversación global. Esta vez no fue por un huracán ni por la crisis fiscal, sino porque la escena cultural adquirió un peso distinto, más simbólico que musical, más político que partidista. Se trató del Super Bowl, el juego decisivo de la NFL, la liga profesional de fútbol americano de Estados Unidos, y uno de los eventos deportivos más vistos del año a nivel global.
Estaba esperando ver las reacciones de la prensa internacional y el análisis mediático. Tenía claro que el impacto sería significativo, pero honestamente me sorprendió la amplitud del alcance, al cubrirse el evento como un tema cultural y político que resonó entre latinos más allá de Estados Unidos, incluso en medios fuera del eje habitual, como el periódico Al Jazeera, con su titular: “Tenemos voz”: los latinos celebran el espectáculo de medio tiempo de Bad Bunny en el Super Bowl. El medio añadía que “latinos en toda América expresaron orgullo por la presentación de Bad Bunny, una actuación que cruzó fronteras culturales en un contexto marcado por el miedo y la división”. Estos titulares confirman que no se trató solo de una controversia local ni de entretenimiento, sino de una conversación continental, un momento en el que latinos de distintas regiones compartieron emociones de orgullo y reconocimiento que muchos analistas tradujeron en claves políticas y culturales.
Los ratings oficiales del Super Bowl LX todavía no han sido publicados por Nielsen, la firma que sirve como referencia principal para medir audiencias televisivas en Estados Unidos. Estos datos suelen divulgarse días después del evento, pero ya circulan estimaciones reportadas por medios nacionales que colocan el alcance del espectáculo en cifras de escala masiva, con más de 130 millones de espectadores. A la vez, el impacto digital y cultural fue inmediato. Apple Music reportó aumentos globales en reproducciones y presencia en listados en decenas de países tras la presentación. Por otro lado, en la noche de ayer se reportó que, en apenas veinte horas, la repetición del espectáculo en YouTube había alcanzado 42 millones de visitas. Estas no son cifras cualesquiera. En cuestión de minutos, el nombre de Puerto Rico volvió a circular en pantallas, búsquedas en internet y conversaciones mucho más allá de la isla. Cuando esa visibilidad llega, no debería ser irrelevante, sino una oportunidad para que el mundo vuelva a preguntarse quiénes somos y cuál es nuestra realidad política.
A nivel local, lo que ocurrió después habló menos del artista y más de la reacción en la discusión pública. En pocas horas, las redes sociales se llenaron de interpretaciones opuestas, sospechas ideológicas y lecturas apresuradas. Para algunos fue orgullo cultural. Para otros, provocación política. Para muchos, simple entretenimiento. Estoy consciente de que la diversidad de opiniones es natural en una democracia, pero lo que resulta llamativo es la rapidez con la que cualquier evento termina convertido en una prueba de lealtad.
Seamos honestos. Muchos nos sentíamos como cuando nos reuníamos a ver las peleas de boxeo de Tito Trinidad, porque no acostumbramos a ver este evento anual y porque, para nosotros, el fútbol americano no es un deporte típico. Por eso, el debate nunca fue sintonizarlo o no. Se trataba de la presentación de Bad Bunny, actualmente uno de los artistas más famosos del mundo. El debate fue quién tiene autoridad para definir lo que somos como país y qué significa que volviéramos a ser visibles en un escenario que millones observan simultáneamente. Lo ideal sería que, cuando esa atención llega, la pregunta no fuera cómo dividirnos otra vez, sino qué oportunidad se abre para narrarnos con mayor claridad ante el mundo.
Cada aparición en ese escenario proyectó símbolos, historias y preguntas que viajan mucho más lejos que el espectáculo mismo. Basta con leer los comentarios de latinos sobre el “nene durmiendo en las sillitas” en la boda o ver a figuras como Lady Gaga bailando salsa. Es razonable pensar que, junto con la música, también circularon curiosidades sobre Puerto Rico, su relación política con Estados Unidos y las tensiones que todavía definen nuestra conversación pública. Hablar de cultura no anula la capacidad de pensar la isla en toda su complejidad. Al contrario, cuando millones observan un momento como este, aquello que proyectamos puede abrir preguntas sobre identidad, poder y futuro. Reducir esa conversación a etiquetas ideológicas automáticas, como asumir que apoyar la cultura puertorriqueña equivale a una postura política específica, es una lectura limitada de un fenómeno mucho más amplio. Sin embargo, pocos de quienes tienen acceso a un micrófono y capacidad de influir en la opinión pública se han detenido a profundizar en ese análisis.
En ese contexto, vimos a los sectores políticos habituales reaccionar desde la molestia inmediata. Reconozco que el malestar existe y merece comprenderse, porque en Puerto Rico arrastramos conflictos político-partidistas no resueltos desde hace décadas. Sin embargo, parte del debate público se sostuvo más en percepciones ideológicas previas que en una lectura estratégica del momento. Se asumió que el respaldo electoral de un artista a una candidatura específica bastaba para explicarlo todo. Esa conclusión pasa por alto un dato político básico del ciclo 2024, cuando una parte considerable del electorado expresó rechazo al estancamiento institucional antes que adhesión plena a una sola alternativa ideológica.
Este escenario debería llevar a muchos a mirar la conversación desde otro punto de vista. Si lo que crece en el país es el cansancio con el establishment, la respuesta no puede limitarse a reforzar trincheras identitarias. La pregunta estratégica debería ser cómo aprovechar los escasos momentos de atención global para explicar con claridad el problema político de fondo, la falta de igualdad. Convertir una oportunidad cultural en una discusión interna sin dirección solo confirma la distancia entre la política tradicional y la experiencia real de la ciudadanía, especialmente en pleno 2026, luego de tantos eventos medulares vividos en la última década.
En lo personal, soy estadista y soy vicepresidenta del Partido Demócrata. Lo menciono porque mi lectura del fenómeno Bad Bunny no nace de admiración ciega ni de rechazo automático. Nace de una realidad social concreta: una figura con alcance global puede empujar al centro temas que suelen quedarse en los márgenes o que pocos se atreven a comentar. Cuando habló contra ICE en los Grammy, por ejemplo, conectó con una conversación que lleva años desarrollándose desde la política pública y los derechos civiles, pero que rara vez llega con esa fuerza al público masivo. No coincido con todas sus posturas ni con toda su música. Aun así, reconozco el valor de esa visibilidad cuando se usa para humanizar y no para desviar la atención hacia el miedo o la desinformación.
También entiendo el impacto desde un lugar íntimo y territorial. Soy de Morovis y, por eso, comprendo de forma muy concreta lo que significa proyección cultural. En su canción “La mudanza”, Bad Bunny menciona que sus padres vivieron en Morovis, “en donde hicieron al nene”. Que mi pueblo, la isla menos, sea nombrado en una canción que circula globalmente y termine repetido en rincones donde jamás imaginamos no es solo una anécdota. Es una demostración de cómo la cultura coloca a Puerto Rico y a sus pueblos en el mapa emocional de otras sociedades. Imagino que algo similar sintieron países latinoamericanos que nunca pensaron ver su bandera presente en un evento como este. La emoción de ser vistos, aunque sea por segundos, recuerda lo grande que se puede ser y lo frágil que es la oportunidad de ocupar espacios reales. La identidad no se pierde cuando se nombra, se proyecta. El arte no sustituye la política pública, pero tampoco la invalida. A veces abre preguntas que la política institucional lleva demasiado tiempo evitando.
Desde ese trasfondo, sostengo que, si los partidos tradicionales aspiran a persuadir nuevas mayorías, necesitan hablarle a un país que cambió. Requiere menos reacción emocional y mayor capacidad de interpretar el tiempo histórico. Para la estadidad, por ejemplo, no basta con defender una identidad; hace falta reflejar un proyecto convincente de igualdad política y bienestar tangible. Los movimientos que logran crecer no son los que gritan más fuerte, como decía el padre fundador del PNP, sino los que entienden primero hacia dónde se mueve la sociedad.
Ese cambio no se manifiesta en un solo sector. Aparece en conversaciones distintas, incluso entre personas que no coinciden en casi nada, como si el país entero sintiera que una etapa se está cerrando sin tener todavía claro qué viene después. Por eso, quien aspire a persuadir nuevas mayorías tiene que entender que ya no basta con hablarle a una base; hay que hablarle a un país en transición.
Puerto Rico no necesita unanimidad cultural ni conformidad. Necesita madurez para disentir sin destruirse y visión para transformar momentos simbólicos en dirección colectiva. Discutir es inevitable, quedarse atrapados en la discusión no lo es.
Al final, esto no trata sobre un artista ni sobre un espectáculo. Trata sobre la forma en que un país se mira cuando vuelve a sentirse visible. Debajo del ruido persiste una aspiración sencilla y profunda: ser reconocidos con dignidad y vivir en igualdad real. Benito, gracias nuevamente por llevarnos a lugares que jamás pensamos. Aunque muchos quieran negarlo, eres un orgullo, literalmente de Puerto Rico para el mundo. Ojalá que la política local vuelva a mirarse y entienda el sentir de un nuevo electorado cansado de promesas repetidas cada cuatro años.
Yo no quiero amor. Quiero igualdad.


