Venezuela ante su historia
“Como hijo de inmigrante venezolano y con familiares exiliados en distintas partes del mundo, solo me resta solidarizarme con el pueblo venezolano“

Un hombre sostiene una bandera de Venezuela durante una manifestación en México de celebración por la captura de Nicolás Maduro. Foto: Alonso Cupul

En febrero de 1992, un entonces comandante del ejército venezolano, de nombre Hugo Chavez Frías, intentó tomar el poder por la fuerza en dicho país y derrocar al entonces presidente Carlos Andrés Pérez. Aunque el golpe fracasó en ese momento, sembró la semilla de un proyecto político que, años más tarde, terminaría consolidándose en el Palacio de Miraflores.
Treinta y cuatro años después, la historia vuelve a sacudir a Venezuela, con la incursión del ejercito estadounidense en suelo venezolano y el arresto del heredero politico de Chavez. La salida de Nicolás Maduro del poder marca el cierre de un ciclo autoritario que resistió, durante años, todos los mecanismos de presión democrática.
Habrá quienes critiquen la forma y la manera. Quienes levanten la voz para señalar que no fue “el camino apropiado”, y que no se ajustó al libreto de una transición democrática ideal. Pero esa crítica ignora una realidad incómoda: todas las vías posibles ya habían sido agotadas.
Venezuela fue a las urnas. Una y otra vez. La oposición participó, denunció, se reorganizó, boicoteó, y volvió a competir. Hubo presión social sostenida, protestas masivas, y movilización ciudadana dentro y fuera del país. Hubo presión internacional, resoluciones multilaterales, mediación diplomática y llamados al diálogo. Hubo sanciones económicas dirigidas, advertencias políticas y aislamiento progresivo del régimen. Y aun así, Maduro no cedió.
El régimen venezolano ya no respondía, ni a la voluntad popular ni a las presiones externas. Gobernó mediante coacción y el control gubernamental total. Erosionó por completo el balance de poderes democráticos, atropelló vilmente a su pueblo, y se atrincheró en el Palacio. En ese contexto, exigir que su salida ocurriera exclusivamente bajo condiciones ideales es desconocer la naturaleza misma del autoritarismo.
El proyecto político que nació de un golpe de Estado en los años noventa termina siendo removido décadas después sin que sus herederos puedan reclamar legitimidad democrática. Lo que comenzó rompiendo el orden constitucional, termina colapsando por su propia incapacidad de sostenerlo.
El rol de Donald Trump y de Estados Unidos en este proceso será debatido, analizado y cuestionado. Como debe ser. Pero reducir la discusión a una sola figura o a una sola decisión es simplificar un proceso sumamente largo y complejo, cuyo resultado ha sido el éxodo de millones de venezolanos fuera de su patria, y un país sumergido en la miseria. Maduro no cayó por un acto aislado: cayó porque su régimen agotó todas las salidas posibles.
Que sirva de lección a los regimenes autoritarios del mundo, y a los grupos politicos que aspiran a emular los mismos: los proyectos políticos que nacen negando la democracia, tarde o temprano, terminan enfrentando su propio espejo.
Por lo pronto, como hijo de inmigrante venezolano y con familiares exiliados en distintas partes del mundo, solo me resta solidarizarme con el pueblo venezolano y reconocer este momento histórico como el principio del fin de un régimen opresor, y el inicio de una nueva etapa hacia una Venezuela verdaderamente libre y democrática. ¡Fuerza Venezuela!


