Venezuela: cuando cae la mentira y vuelve la esperanza
“Defender al régimen venezolano no es un acto de justicia social; es ignorar deliberadamente el sufrimiento de millones“

Venezolanos y cubanos residentes en Miami celebran durante una manifestación en apoyo a las acciones militares de EE. UU. en Venezuela, en Florida, EE. UU., el 4 de enero de 2026. Foto: CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH

Hay momentos en la historia de los pueblos que parecen imposibles hasta que ocurren.
Durante años, Venezuela fue presentada como una causa perdida, un país condenado a vivir bajo la sombra de un régimen autoritario, atrapado entre la miseria, el miedo y el exilio. Sin embargo, hoy el mundo observa algo que por décadas pareció inalcanzable: Nicolás Maduro ha sido sacado del poder y, con ello, se abre una nueva página para una nación que nunca dejó de soñar con la libertad.
Para quienes conocimos a Venezuela antes de su caída, este momento tiene un peso profundamente emocional. Durante los años noventa y principios de los 2000 viajé en varias ocasiones a Venezuela. De hecho, el primer viaje de mi hijo Ian, con un mes de nacido, fue a Barquisimeto. Uno de mis viajes a Caracas fue como parte de un encuentro de la coral universitaria de la UPR de Mayagüez para participar en un festival coral latinoamericano en el imponente Teatro Teresa Carreño.
Era una ciudad viva, moderna, orgullosa de su cultura y de su progreso. El bolívar se cotizaba a 14 por dólar. Había estabilidad, confianza y una clase media fuerte. Nos hospedamos en el Anauco Hilton, un símbolo de prosperidad que incluso albergaba un centro comercial en su primer nivel. Venezuela respiraba futuro.
Esa nación fue lentamente desmantelada no por una invasión extranjera, sino por una narrativa seductora. El discurso de Hugo Chávez se construyó sobre verdades a medias: desigualdad real, corrupción existente, errores de gobiernos pasados. Pero la solución que se ofreció fue una ilusión peligrosa. El socialismo del siglo XXI no llegó con botas ni tanques; llegó con promesas, con consignas emocionales y con la idea de que el Estado podía sustituir la libertad sin consecuencias.
Lo que siguió fue una demolición progresiva de las instituciones, de la empresa privada, de la independencia judicial y de la prensa libre. La disidencia se convirtió en delito. El emprendimiento en sospecha. El mérito en traición. Millones de venezolanos fueron empujados al exilio, no por ambición, sino por supervivencia.
Hoy, tras la caída del régimen, las imágenes recorren el mundo: gritos de alegría en las calles, banderas ondeando, lágrimas que no son de dolor sino de alivio. Venezolanos abrazándose sin conocerse, sabiendo que comparten una misma herida y una misma esperanza.
Por eso preocupa escuchar, todavía hoy, voces que defienden ese modelo socialista, tratando de convencer a ciudadanos americanos que Puerto Rico estará mejor bajo una “Nueva Patria”. A esos defensores del chavismo, de Maduro y del régimen de los Castro se les olvida mencionar el terrorismo, la ausencia de libertades y las violaciones a los derechos humanos. Defender al régimen venezolano no es un acto de justicia social; es ignorar deliberadamente el sufrimiento de millones. Puerto Rico debe mirarse en ese espejo antes de seguir a líderes irresponsables que solo piensan en ser los nuevos jefes del “Cartel del Hambre”.
La reconstrucción de Venezuela no será fácil. Décadas de destrucción institucional no se revierten de la noche a la mañana. Pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, Venezuela puede mirar hacia adelante sin miedo.
Venezuela comienza un nuevo capítulo. No uno perfecto, pero sí libre para elegir democráticamente, tan pronto el orden, el balance y la justicia se aniden nuevamente entre sus ramas. Venezuela, te lloraba; hoy te celebro.


