

Algo curioso está ocurriendo en el Partido Popular Democrático. Mientras su nuevo liderato proclama renovación, apertura y futuro, cada vez parece haber menos espacio para quienes se atreven a discrepar del presidente. En el principado de Pablito Hernández todos pueden opinar, siempre y cuando la opinión coincida con la del príncipe.
Para quienes se apartan del libreto existen distintas categorías y consecuencias. Para unos está “la indiferencia”, para otros, el señalamiento público. Para aquellos populares que tienen alguna afinidad con líderes del PNP, apareció una categoría todavía más conveniente “la claque”.
No se trata de expresiones que le atribuyan sus adversarios. Pablito ha utilizado públicamente el término “claque” y ha incluido dentro de ella a personas que, según su propio juicio, “se venden”. También ha convertido “la indiferencia” en la respuesta política frente a quienes entiende que buscan generar controversias o amenazan su hegemonía dentro del PPD. Una peculiar manera de predicar apertura mientras se establecen las consecuencias de disentir.
Antes de repartir certificados de pureza popular, sin embargo, convendría recordar cómo llegó el PPD hasta aquí. Antes de las elecciones de 2024, el propio Pablitocalificó como “alarmante” que su partido apareciera tercero en las encuestas para la gobernación. Llegaron las elecciones y ocurrió precisamente lo que se esperaba,el PPD terminó tercero en la carrera por La Fortaleza por primera vez desde su fundación. Mientras tanto, Pablitoganó su elección a comisionado residente.
Desde entonces parece haberse establecido una curiosa distribución de responsabilidades. La victoria de Pablito solo demuestra las virtudes de Pablito, mientras el tercer lugar del PPD parece ser responsabilidad de otros populares. Él ganó su elección, pero las causas de la derrota colectiva aparentemente hay que buscarlas siempre en los demás.
Ese análisis resulta demasiado conveniente. Si hubo populares que abandonaron la candidatura a la gobernación, sectores que no se movilizaron o electores tradicionales del PPD que votaron por candidatos de otras colectividades, la pregunta responsable debería ser por qué ocurrió. Un partido que acaba de caer al tercer lugar debería estar particularmente interesado en escuchar a quienes se alejaron, no en confeccionar listas de herejes.
Aquí aparece además una contradicción mucho más profunda. Durante décadas, el PPD ha convertido su incapacidad para definirse ideológicamente en una especie de fórmula de supervivencia electoral. Bajo una misma Pava han convivido autonomistas, defensores del status quo, soberanistas y hasta populares que personalmente favorecen la estadidad o que, como mínimo, creen en una relación política permanente con Estados Unidos. El PPD nunca ha resuelto esa contradicción, simplemente ha aprendido a administrarla.
Esa indefinición permitió durante mucho tiempo sumar electorados distintos sin obligarlos a contestar la pregunta fundamental sobre el futuro político de Puerto Rico. Para unos, el PPD era la casa de la autonomía, para otros, una estación hacia la soberanía, para otros, el vehículo para preservar una relación permanente con Estados Unidos sin abandonar su identidad popular. Todos podían llamarse populares mientras nadie exigiera demasiada precisión sobre qué significaba exactamente ser popular.
Entonces, ¿qué pito tocan hoy todos esos sectores dentro del principado de la Pava? ¿Qué espacio tiene el soberanista que discrepa de Pablito? ¿Y el autonomista? ¿Qué ocurre con el popular estadista o con aquel que cree firmemente en una relación permanente con Estados Unidos, pero continúa identificándose con esa colectividad? Si durante décadas el PPD presumió de poder alojarlos a todos, resulta bastante curioso que ahora el criterio de pertenencia parezca ser la coincidencia con su presidente. Resulta paradójico que un partido que lleva décadas sin ponerse de acuerdo sobre lo que quiere ser pretenda ahora exigir unanimidad sobre lo que su presidente quiere que sea.
Esas preguntas adquieren mayor relevancia ante la composición de la nueva Junta de Gobierno. Una Junta de Gobierno existe para deliberar, cuestionar, aportar criterio y participar en las decisiones de una colectividad. Si sus integrantes solamente pueden coincidir con el presidente, entonces sobra la Junta y bastaría con colocar un espejo frente a Pablito.
Por eso quienes aspiran a ocupar esos espacios deberían explicar algo más importante que sus respectivos eslóganes y alianzas. ¿Están aspirando a dirigir junto a Pablito o simplemente a obedecerlo? Porque si llevarle la contraria al presidente significa exponerse a “la indiferencia”, al señalamiento público o a terminar clasificado dentro de alguna “claque”, el incentivo para guardar silencio resulta bastante evidente.
Quizás parte de esta nueva concepción del liderato tenga una explicación familiar. A veces da la impresión de que Pablito intenta reproducir la autoridad que su abuelo, Rafael Hernández Colón, ejerció durante décadas sobre el Partido Popular. La comparación es inevitable, pero también lo es una diferencia fundamental, una cosa es heredar un apellido y otra muy distinta heredar autoridad política.
Rafael Hernández Colón acumuló poder político durante décadas. Presidió su partido, ganó tres elecciones a gobernador, sufrió derrotas, regresó al poder y terminó convirtiéndose en una figura determinante de toda una época dentro del PPD. Su autoridad no apareció automáticamente por ocupar una presidencia partidista ni podía transmitirse mediante sucesión familiar.
Pablito puede haber heredado el apellido, pero la autoridad del abuelo no venía incluida. Esa autoridad hay que construirla mediante trayectoria, victorias, experiencia, capacidad para sumar y, sobre todo, el reconocimiento de aquellos a quienes se pretende dirigir. La autoridad política que necesita recordarse constantemente termina pareciéndose demasiado a otra cosa.
Hay además una diferencia que Pablito debería tener muy presente, estos son otros tiempos y este es otro PPD. Rafael Hernández Colón dirigió una colectividad que disputaba y ganaba mayorías electorales y constituía una de las dos grandes fuerzas dominantes de la política puertorriqueña. Pablito pretende ejercer esa misma autoridad sobre un partido que viene de terminar tercero en la elección a gobernador y que, después de décadas de existencia, todavía no ha conseguido reconciliar bajo una definición política coherente a autonomistas, soberanistas, defensores del status quo y populares que creen en una relación permanente con Estados Unidos.
Uno administraba un poder político acumulado durante décadas, otro intenta reconstruir un partido que lo ha perdido. Precisamente por eso resulta contraproducente importar el modelo vertical de otra época. Un partido debilitado no necesita menos voces, necesita más, no necesita castigar la discrepancia, necesita entenderla y ciertamente no necesita confundir obediencia con unidad.
Pablito parece querer la autoridad del abuelo sin haber acumulado todavía la trayectoria del abuelo. Ese es precisamente el problema del principado, creer que ocupar el trono concede automáticamente la autoridad de quienes se sentaron antes en él. La historia política demuestra que el cargo se puede heredar o conquistar rápidamente, el liderato en cambio, no.
Por eso habrá que observar con particular atención quiénes llegan a esa Junta de Gobierno y qué hacen una vez allí. Allí veremos si los populares escogieron dirigentes capaces de decirle al presidente, cuando así lo entiendan, que está equivocado o si simplemente seleccionaron una nueva corte. La verdadera prueba no será quién levanta la mano para votar con Pablito, sino quién se atreve a levantarla para decirle que no.
Porque si todos van a votar como diga Pablito, hablar como diga Pablito y guardar silencio cuando Pablito así lo prefiera, quizás estamos utilizando la terminología equivocada. En la realeza existían pajes, coperos, mayordomos, lacayos y bufones. En la política moderna tenemos una expresión bastante más sencilla para quienes renuncian al criterio propio, sellos de goma.
Que cada aspirante decida qué papel quiere desempeñar. Pero que nadie confunda obediencia con liderato, silencio con unidad, ni una corte con una Junta de Gobierno. Mucho menos un principado con un partido que todavía pretende llamarse democrático.
Pablito puede repartir “indiferencia”, decidir quién pertenece a “la claque” e intentar ejercer sobre el PPD la autoridad que alguna vez tuvo Rafael Hernández Colón. Lo que no puede hacer es heredar la trayectoria que produjo aquella autoridad ni imponerla mediante reglamentos, declaraciones o castigos políticos. Porque al final, hasta en un principado, sentarse en el trono no convierte automáticamente al príncipe en rey.
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